Antes o después, tenía que pasar. En mi onda, quería darme un baño en el río. Y así hice, siguiendo un caminillo que partía desde River Rd (una carretera que conecta Port Jervis con Montague, aunque este último no sea un pueblo muy definido) hasta la orilla del Delaware.
Cuando, por el mismo camino, volvía de bañarme y ver a unas tipas (que parecían bastante macizas) y un tipo haciendo yoga en una roca en medio del río (a la que llegaron en sus kayak), aconteció. Una gruesa rama atacó lateralmente a la rueda delantera de la derecha. Ese ataque fue catastrófico. Desesperado -y sin mucha confianza en esa solución para el caso que tenía delante-, utilicé el ‘Fix-a-flat’. Lo único que conseguí fue esparcir ese producto cancerígeno por el aire. Vaya mierda.
Después de que reubicase la furgoneta en el lateral del camino, unos pescadores que volvían del río me acercaron a Montague, donde intenté buscar la solución. Pero no la encontré. El anciano que tenía un pequeño desguace y que comía pizza no pudo ni quiso ayudar. El negocio de neumáticos de Lukoil estaba cerrado, y el empleado de Lukoil era un tipo muy borde (desgraciadamente, iba a tratar más con él en el futuro).
Así que caminé las casi tres millas de vuelta a donde la furgoneta estaba varada. El lunes sería otro día.
Había bastante actividad en la zona. Gente yendo y volviendo. Hablé con bastante gente en las horas que pasé. Al menos era una situación social. Me resultó curioso como la gente reaccionaba ante la evidente necesidad de ayuda. Mi primera misión sería la de ir a un negocio donde comprar herramientas para sacar la llanta, pero no completaría esa misión el domingo. Porque, pese a que la gente parase el coche para ver qué pasaba, a nadie le importaba un carajo.
Es curioso que, la mayoría de la gente que se mostraba más amable y cooperativa, eran mujeres mayores de 40 años. Sin embargo, esta amabilidad se disipaba rápido, y todo quedaba en promesas. Comoquiera que no creía en ellas, no mostré ninguna predisposición a la frustración… y estuve de relativo buen humor todas las horas que pasé varado.
En cualquier caso, recuerdo a las señoras que acabaron con un “no te preocupes, te vamos a ayudar cuando volvamos del río”, y luego salieron disparadas cuando volvían. O la señora que se autocalificaba como “muy confiada y de buen corazón” y que, en su monólogo sobre si misma, buscó excusas para no hacer nada (cuando yo no le estaba pidiendo nada).
También hubo una pareja que pasó y con la que estuve hablando un buen rato, muy majos. Y un latino que ni siquiera me preguntó si necesitaba ayuda, sino si él y su familia se podían bañar en el río.
Y, en un momento determinado, pasó un tipo que me recordaba un poco al cabrón que se hacía llamar
Juan Eutrián y que drogó a la gente en Salvador de Jujuy (y cuya verdadera identidad era
Juan Alejandro Saravia). El me ofreció, mientras yo hablaba con un tipo sonriente y con barba canosa, el reparar la rueda. A cambio de $50. Era un buen precio. Pero me daba muy mal rollo. Aunque me arrepentiría por algunas horas, le dije que no. En cualquier caso, ahora no lo veo como una mala decisión.
Otro tipo raro con el que hablé fue un chaval, que a 1AM me despertó golpeando la ventana de la furgoneta. Iba con su novia, y él no parecía tener muchas luces. Tras hablar con él, dijo que buscaría a ver si tenía una AAA, y que volvería en 15 minutos. No parecía saber lo que es, pero yo me había referido -de forma diagonal- a la
asociación que podría haberme sido de ayuda (de ser socio, claro). Obviamente, no volvió. Yo dormí tranquilamente.