Cartagena no merece la pena. Desde la terminal de bus hasta el centro, se ve una progresión: desde el caos y la inmundicia, hasta lo pijo/cuico, pasando por lo histórico. Que el centro histórico es increÃblemente bonito, sÃ… pero es como una moza buenorra que está visiblemente trastornada y es insufrible: no se puede aguantar mucho ahÃ.
En ese caso, el trastorno de Cartagena lo causó el excesivo turismo. Aunque en ciertas guÃas (afortunadamente, cuando dejé Sudamérica, abandoné la relación con el puto LP) sugerÃan que los hoteles tenÃan precios equivalentes a otras ciudades, no era cierto. Todo estaba bien caro, y todos se te lanzaban a la yugular para ver lo que podÃan sacar. En cierta y limitada medida, fué el único sitio de Locombia que me recordó a otro paÃs: Perú.
Después de mucho buscar, encontré un hotel de 15 lucas, y situado convenientemente. Ése sà era precio estándar, lo que me habÃa acostumbrado a pagar en otros sitios. Pero el hotel era el peor en el que recordé haber estado. Aunque la dueña era maja, y pasamos un rato hablando de los sicariatos (matanzas a 50 lucas), de la ‘gripa’ porcina, del timo del cambio, y de otras especies.
Salà por la noche para que las gentes me estresaran, paseé… y al dÃa siguiente, huÃ. Muy rápido.
Aunque consideré Mompox, acabé volviendo a Santa Marta, por mis “desacuerdos con las compañÃas de transporte”. En principio, tenÃa la intención de ir a Tayrona… pero después de Cartagena, estaba quemado, y agarré un bus a Bogotá. Tal vez fuese absurdo pasar por Santa Marta (y dejarme guiar por la necesidad de huir), aunque viendo como tratan al ‘gringo’ en Cartagena, seguro que me salió más barato.