El casamiento de Pablo y Eva fue una de las razones de peso para volver en Septiembre. Lo celebraron en Santillana del Mar -municipio cántabro famoso y ultraturístico, entre otras razones, por tener la Cueva de Altamira.
En mal momento accedí a cubrir el tema fotográfico de la boda… comoquiera que la Canon se estropeó en Canadá, decidí comprar (en mi último día en Nueva York) una Pentax K20D. Y bueno, no será mala… pero entre que no la controlaba mucho, el flash que le monté era una porquería, y tenía unos serios problemas de enfoque en condiciones sin mucha luz, las fotos quedaron terribles (aunque de las 700 que hice, alguna que otra se salva… jijij). Y es que, en cualquier caso, lo mío no es fotografiar a humanos.
La boda, su preludio (ese viernes en el que nos echaron del bar y Chuso y yo nos colamos en otra boda) y el apéndice (algunos nos quedamos hasta el lunes) estuvieron bien; siendo los reencuentros lo más apreciado. Por supuesto, se generó una racción de síndromes; siendo el de la oportunidad perdida uno de los destacados (como es habitual).